Cuando mi mundo cierra los ojos y descansa cubierto entre nubes,
el suave y tierno murmullo de la libertad me inquieta a escapar,
la oscuridad me protege para que no me encuentre la costumbre,
y las cadenas de los sufrimientos en el camino me dejan en paz.
Siento al avanzar la fática que la conciencia por dentro provoca,
mis manos, mis pies, mi cuerpo, se vuelven anzuelo del conformismo;
que cual carnada echada a las decisiones, ve por donde se bota,
para coger la presa más grande de la superación y del positivismo.
Veo que mi mundo se mueve, está por despertarse; pero no, solo se acurruca,
escucho las sinfonías de la esperanza que no lo dejan abrir los ojos, a lo lejos,
unas voces me llaman, me muestran por donde debo ir para no ser descubierto,
pero solo son los acontecimientos de una vida, que al ignorarlos se han hecho viejos.
Sigo andando pero ya no tengo miedo, no me importa lo que vea en la adversidad,
regreso y me acerco a mi mundo para levantarlo y decirle que nunca más seré infeliz,
se asusta, me ve diferente, sabe que cualquier cosa que haga ya no me podrá lastimar;
porque desde este momento todo lo que pase, depende y está dentro de mí.
